Michael Parenti murió en enero. Seis meses después, un episodio de podcast sobre inteligencia artificial china muestra por qué su tesis sobre los medios sigue intacta, y por qué nos importa más a nosotros que a ellos.
El 16 de julio de 2026, el laboratorio chino Moonshot AI presentó Kimi K3, un modelo con casi 2,8 billones de parámetros y una ventana de contexto de un millón de tokens, cuyos pesos abiertos se publicaron el 27 de este mes. En las pruebas a ciegas de LMArena, donde los desarrolladores comparan resultados sin saber qué modelo los produjo, K3 fue preferido por sobre todos los modelos cerrados líderes en tareas de codificación front-end. El anuncio coincidió con el discurso de Xi Jinping en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial en Shanghái, y al día siguiente el Nasdaq cayó cerca de un punto porcentual, arrastrado por la venta de acciones de Nvidia y otros fabricantes de chips.
El 24 de julio, Hard Fork, el podcast de tecnología de The New York Times, le dedicó un segmento al modelo chino. Conviene aclarar que escucho el programa con frecuencia y que lo considero excelente por su claridad y calidad. Sus conductores hacen periodismo y no relaciones públicas, y no lo menciono aquí como ejemplo de una fuente que no respeto sino precisamente por lo contrario. Por tratarse justamente de un programa que hace bien su trabajo, se observa con mayor nitidez algo que no depende de esa calidad. El segmento al que me refiero se llama «Kimi K3 Freakout», y la pregunta que organiza la conversación, según la descripción publicada del episodio, es cómo debería responder Estados Unidos a Kimi K3. En esa formulación está contenido casi todo lo que me interesa comentar.
El programa aborda el tema desde diversas perspectivas y en profundidad. Sus conductores, Kevin Roose y Casey Newton, se preguntan si los controles de exportación de chips impuestos a China llegaron tarde, si la publicación de los pesos del modelo constituye una transferencia tecnológica irreversible y si los valores incorporados en un modelo entrenado en Beijing terminarán desplazando a los estadounidenses a escala global. Todas son preguntas legítimas y todas comparten un supuesto de base que nunca se mencionó durante la hora que duró el programa, y es que la competencia extranjera en inteligencia artificial constituye un problema que debe resolverse. Es un supuesto notable si se piensa que en cualquier manual de economía la entrada de un competidor capaz de reducir los precios es exactamente lo que se espera que ocurra en un mercado que funciona. Que este principio elemental se invierta sin argumento alguno, y peor aún, que se invierta solo para este sector, merecería al menos una mención, y no la tuvo.
Hay además un detalle que vale la pena mencionar. El episodio presenta a Kimi K3 como un modelo que, según la Casa Blanca, fue construido destilando modelos estadounidenses. La atribución es correcta, porque no afirma que esto sea así sino que la fuente es el gobierno norteamericano, pero una vez enunciada la afirmación deja de ser una hipótesis y opera como la base sobre la cual se sustenta toda la conversación. Nadie tiene que probarla y nadie lo intenta, porque no está allí para ser probada sino sostener todo lo que se argumenta después. La prensa no inventa la historia oficial, la adopta, y al tomarla como premisa hace un trabajo que la afirmación gubernamental nunca podría hacer por sí sola.
Michael Parenti, politólogo e historiador fallecido el 24 de enero de este año, describió este mecanismo hace ya cuarenta años. Su libro Inventing Reality, de 1986, analiza la política de los medios de comunicación estadounidenses a partir de una tesis central que envejeció mejor que casi cualquier otra teoría de comunicación desarrollada por su generación. El podcast Upstream le dedicó hace poco un episodio a leer y comentar su primer capítulo, del que tomo lo que sigue.
Parenti argumentaba entonces contra lo que se llamaba la teoría de los efectos mínimos, según la cual los medios apenas refuerzan opiniones preexistentes y por tanto tienen poca influencia. Según Parenti, ese refuerzo no es un efecto menor mal medido sino justamente el efecto buscado. Los medios no necesitan cambiar lo que pensamos, les basta con definir el perímetro de lo que se discute, otorgando visibilidad y legitimidad a ciertas posiciones y empujando todo lo demás al limbo. Puede que no siempre logren decirnos qué pensar, escribió, pero son extraordinariamente eficaces para decirnos sobre qué pensar.
Su evidencia favorita provenía de un estudio que demostró que, durante la primera Guerra del Golfo, mientras más televisión veía una persona, más probable era que apoyara la intervención estadounidense a pesar de saber poco sobre los asuntos de fondo. Un 81% sabía que se habían usado misiles Patriot para derribar Scuds iraquíes, en tanto que apenas un 13% sabía que Estados Unidos le había informado a Saddam Hussein, en julio de 1990, que se mantendría neutral respecto de su disputa con Kuwait, un dato bastante más relevante que el de los misiles. El público no estaba desinformado sino selectivamente informado, y sabía con notable precisión aquello a lo que había tenido acceso.
Parenti además señalaba un matiz decisivo para lo que aquí me interesa destacar. La prensa dirige nuestras percepciones con especial eficacia cuando el mensaje resulta congruente con las nociones previas que tenemos sobre el mundo, nociones que a su vez fueron en buena parte creadas por los propios medios. La mayoría de los estadounidenses no sabía nada de Saddam Hussein antes de 1990 y sin embargo estaba lista para tenerle miedo, no porque hubiera aprendido algo sobre el líder iraquí sino porque su imagen encajaba en un clima de opinión heredado de la Guerra Fría, poblado de adversarios peligrosos a los que había que vencer. La información no informaba, activaba. De acuerdo con Parenti, el poder es más estable cuando es cooptativo y está encubierto que cuando se ejerce de manera abiertamente brutal, porque un aparato de propaganda visible genera por sí solo la oposición que lo enfrenta, mientras que un encuadre que nadie percibe como tal no tiene defensa posible, pues no se presenta como una posición entre otras sino como la realidad misma.
Vuelvo entonces al episodio, porque hay un momento que ilustra esto con una precisión casi incómoda. Discutiendo qué valores incorporaría un modelo entrenado en China, uno de los conductores menciona Tiananmén. Es una referencia al pasar, de unos segundos, sin desarrollo alguno, y nadie la discute porque no hay nada que discutir. Cumple su función y la conversación avanza. Lo que esa mención hace no es informar sino activar. Los hechos de la plaza de Tiananmén ocurrieron hace treinta y siete años y no aportan un solo dato sobre cómo se entrenó Kimi K3, qué contiene o cómo se comporta. Lo que hace la referencia es funcionar como una llave que abre un archivo ya instalado en el oyente, uno donde se asocia al régimen chino con el autoritarismo, la represión y la amenaza, y que queda disponible para el argumento sin que este tenga que construirlo. La abreviatura funciona precisamente porque no requiere desarrollo. Es el mismo mecanismo utilizado con Saddam Hussein, cuarenta años después y aplicado a otro tema.
Quiero ser explícito en algo, porque el punto se pierde si se lee mal. No creo que haya mala fe por parte de Casey Newton. Considero que es un buen periodista y la referencia resulta, en su contexto, casi inevitable, ya que cualquier profesional formado en ese ecosistema la habría hecho, y eso es justamente lo que la vuelve interesante. Si el problema fuera el sesgo de una persona se corregiría con mejores personas, pero no lo es. Se trata del equipamiento cultural con el que se conversa sobre China en el discurso tecnológico estadounidense, y las abreviaturas vienen con la cultura, de manera que nadie las eligió y todos las usan.
Un ejercicio simple lo demuestra. Podríamos preguntarnos cuál sería la abreviatura equivalente en la dirección contraria, es decir, qué evento podría mencionarse al pasar y sin desarrollo cuando se discute sobre los valores que incorpora un modelo entrenado en California, para que el oyente complete el archivo por su cuenta. No hay ninguno, y no por falta de candidatos históricos sino porque ninguno está instalado como abreviatura disponible. Ese vacío no es neutralidad sino la forma que toma el marco de referencia cuando ha sido instalado eficazmente.
Pero lo que realmente me hizo escribir este artículo tiene que ver con la estructura del episodio más que con cualquier frase dicha en él. El programa no empieza con Kimi sino con un asunto distinto, el reporte de OpenAI de que dos de sus modelos escaparon del entorno de pruebas en que estaban confinados y ejecutaron un ciberataque autónomo, tema que los conductores discuten con toda seriedad, preguntándose qué implica para los esfuerzos de alineamiento y para el calendario de futuros lanzamientos. Recién después viene el segmento de Kimi, donde la pregunta es cómo responder a la competencia china y donde las respuestas disponibles resultan todas del mismo tipo, controles de exportación más estrictos, cláusulas contra la destilación, más inversión y más velocidad.
Los dos segmentos están separados por unos minutos y nunca se tocan. Conviene sin embargo considerarlos juntos, porque el primero constituye evidencia empírica de que los modelos desarrollados bajo presión competitiva, por organizaciones que corren contra el tiempo, producen conductas que sus propios creadores no anticiparon ni pueden contener, mientras que el segundo concluye que la respuesta correcta a la aparición de un competidor consiste en ir lo más rápido posible. Si los conductores hubieran vinculado ambos segmentos, la conclusión razonable habría sido la inversa, esto es, que la carrera forma parte del problema técnico y no solamente de su contexto comercial. No ocurrió, y no porque sean deshonestos, sino porque sumar esos dos hechos no pertenece al conjunto de cosas sobre las cuales se conversa. Ambos segmentos estaban ahí, en la misma hora, disponibles para cualquiera. Lo que no estaba disponible era la operación de relacionarlos, porque esa operación queda fuera del marco.
En todo caso, el catálogo de lo ausente podría extenderse bastante. Nadie preguntó quién se beneficia de que el costo de la inteligencia artificial de frontera caiga, cuando la respuesta obvia es casi todo el mundo fuera de los tres o cuatro laboratorios que hoy fijan el precio. Nadie preguntó por qué la apropiación masiva de todo el texto disponible en internet, producido en el mundo entero y sin permiso ni compensación, se llama entrenamiento cuando la hace un laboratorio en San Francisco y robo cuando el resultado aparece en Beijing. Y nadie preguntó si existe algún escenario que estos comentaristas considerarían bueno y que no consista en que los laboratorios estadounidenses mantengan la delantera, porque si la respuesta fuera negativa entonces lo que escuchamos no sería un análisis de riesgos sino un análisis de posición competitiva expresado con vocabulario de riesgos.
Conviene ser preciso en un punto, porque este argumento se degrada rápido si se convierte en una defensa de la otra parte. Existen preocupaciones verificables sobre los modelos desarrollados bajo jurisdicción china, entre ellas las restricciones de contenido incorporadas en el entrenamiento, la opacidad respecto de los datos utilizados y un marco regulatorio que subordina estos sistemas a objetivos estatales. Nada de eso es invento y todo merece discusión. El problema es que no se tratan como problemas técnicos que afectan a todos los sistemas, incluidos los occidentales, cuyos criterios de moderación tampoco son auditables por terceros, sino como munición dentro de una disputa de posición. La censura y la opacidad importan cuando son del rival, pero no cuando son propias. El diagnóstico correcto no es que se mienta sino que se ilumina una parte del problema dejando la otra en penumbra, y esa distribución de la luz no es aleatoria.
Hasta aquí todo esto podría parecer una discusión ajena, un asunto entre estadounidenses que nosotros observamos desde lejos. Pero América Latina, que no participa en esta carrera, sí consume casi sin filtro el marco con que se narra, y para describir eso existe un aparato conceptual preciso que además se elaboró aquí mismo. Hacia 1950, desde la CEPAL en Santiago de Chile, Raúl Prebisch formuló el problema de los términos de intercambio, mostrando que la periferia exporta materias primas e importa manufacturas y que la relación entre ambos precios se deteriora de manera sostenida, no por mala suerte ni por mala negociación sino por la estructura misma del intercambio. La periferia podía trabajar más y quedar peor.
Setenta y cinco años después la misma relación opera un piso más arriba, porque exportamos datos en bruto e importamos interpretación manufacturada. Nuestro comportamiento, nuestros archivos, nuestras lenguas y nuestros textos entran como insumo no remunerado a modelos que no controlamos, y lo que vuelve no es solamente el producto terminado sino también el marco que nos indica qué significa, qué preguntas caben y cuáles no.
La asimetría resulta en este caso peor que la comercial por una razón muy concreta, y es que la comercial se ve. Todos entienden que el cobre sale en bruto y vuelve convertido en algo que vale mucho más, y esa evidencia es la que permitió que en 1971 el Congreso aprobara por unanimidad la nacionalización, porque un desequilibrio que se percibe genera respuesta. El encuadre, en cambio, no llega rotulado como producto importado sino directamente como la noticia. Nadie tiene la experiencia de estar recibiendo una interpretación elaborada en otra parte, todos tienen la experiencia de estar enterándose de lo que pasó, y por eso se lo adopta como pensamiento propio sin que haya nada contra lo cual organizarse. Nuestra prensa recibe la cobertura tecnológica traducida de agencias y medios estadounidenses, con el marco incluido en el paquete y sin arancel intelectual de ningún tipo, de modo que terminamos discutiendo la inteligencia artificial en los términos de una competencia geopolítica en la que no somos competidores y con un vocabulario calibrado para responder preguntas que no son las nuestras.
El costo de esto no es la incomodidad de quienes lo notamos sino que ciertas opciones dejan de ser formulables. Dentro del marco importado, el menú de decisiones disponibles para un país como Chile se reduce a tres, comprar acceso a un proveedor extranjero, esperar, o regular reactivamente lo que otros ya construyeron, y las tres nos dejan en el mismo lugar. Ninguna de ellas es resultado de una deliberación, son simplemente las que caben en el vocabulario que recibimos.
Fuera de ese marco hay decisiones técnicamente disponibles hoy y no en un futuro hipotético. Un modelo de calidad de frontera con pesos abiertos, ejecutable en infraestructura propia y sin que los datos salgan del país, a una fracción del costo de una API extranjera, cambia el cálculo de una universidad estatal, un municipio o un servicio público. Permite entender la soberanía de datos como premisa de diseño y no como casilla de cumplimiento, posibilita que una compra pública construya capacidad local en vez de arrendarla indefinidamente, y habilita que instituciones públicas actúen como desarrolladoras y no solamente como clientes. Los pesos de Kimi K3 se publicaron el 27 de julio y se pueden descargar, con lo cual esto deja de ser un escenario especulativo y pasa a ser una decisión de política pública que se puede tomar o no tomar este año. El marco dominante no refuta nada de eso, hace algo bastante más eficaz, que es impedir que aparezca.
El ejercicio que se desprende de todo esto es simple y funciona con casi cualquier noticia. Al terminar de leer o de escuchar, en lugar de preguntarse si uno está de acuerdo, conviene preguntarse qué se dio por sentado antes de que empezara la conversación y qué otras preguntas cabían perfectamente en el tema sin haber aparecido nunca. En el caso de Kimi lo dado por sentado fue que había que detenerlos, y los dos hechos que puestos uno junto al otro lo habrían desarmado estaban ahí mismo, separados apenas por un corte de edición.
Pero para quienes trabajamos en construir alternativas de producción y gobernanza en esta parte del mundo, el asunto no termina en la lucidez. Un marco importado sin examen no constituye un error de lectura sino una restricción operativa, porque determina qué proyectos parecen realistas, qué presupuestos se aprueban, qué se enseña, qué se considera ingenuo y qué se considera prudente. Nos deja discutiendo con toda seriedad cómo posicionarnos en una carrera que no es nuestra, mientras las decisiones que sí están a nuestro alcance no llegan siquiera a formularse. Prebisch mostró que la desventaja podía estar en la estructura del intercambio y no en el esfuerzo de quien intercambia, y Parenti mostró que lo mismo ocurre con las ideas, con el agravante de que el mecanismo resulta más difícil de ver porque no se presenta como una posición sino como el mundo tal cual es.
Examinar el marco con el que nos llegan las noticias no es entonces un ejercicio intelectual sino la condición previa de cualquier desarrollo propio. Sin eso seguiremos respondiendo, con creciente sofisticación, preguntas que no formulamos nosotros.
Fuentes. Hard Fork (The New York Times), episodio «OpenAI Models Go Rogue + Kimi K3 Freakout + A.I. Superforecasting», 24 de julio de 2026. Upstream, lectura y comentario del primer capítulo de Inventing Reality: The Politics of News Media, de Michael Parenti (1986). Datos sobre Kimi K3 en Axios, VentureBeat, TechCrunch y South China Morning Post, julio de 2026. Sobre términos de intercambio, Raúl Prebisch, El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus principales problemas (CEPAL, 1949).

